
Algunos lazos rosas, carteles, dípticos, anuncios, charlas, cuestaciones, políticos, concentraciones, periodistas, declaraciones y jinetes de caballo ganador. La semana de .. siempre trae una sacudida que despierta conciencias, y saca del baúl problemas escondidos en las sombras de los desdichados que las padecen. Y también una buena dosis de folclore e imagineria, imprescindible para calmar nuestros remordimientos. Esta semana, en las horas de prácticas, no he portado lazo rosa. No ha sido un desden, ni una pose vacua de rebeldía. He preferido cambiar la tela del pecho por la sonrisa en el alma, por la caricia en el rostro, por dedos entrelazados y un escuchito cómplice con “que guapa estas hoy”. Y he decidido mantenerlo, más allá del día de.
Mi tutora se llama Lola. Es ruda como un minero y osca como los acantilados de Langre. De mirada felina, raro es que algo se la escape. Conmigo es intensa. Se que busca forjarme, hacerme dura y crear un callo que me impida quedar quieta cuando una vida precise de mi rapidez. Se que quiere que aprenda y que lo haga bien, porque eso salva vidas, o las hace menos infernales. Pero es muy cabrona conmigo, y yo tengo muy mala leche, así que nos pasamos el día con el sable desenvainado. El martes discutíamos, por un no se que, en un quien sabe donde, cuando entramos en la 26. Una de las camas estaba vacía, y la otra también, y a su vera, en el butacón que la corresponde, sentada Soledad. Como es costumbre, Lola la preguntó como se encontraba, a gritos, en uno ejemplo más de esos tópicos que hacen de la vida hospitalaria un exceso. Mucho calor, voces muy altas, purés copiosos y litros de suero. Pero Soledad no contestó. Y mira que Lola es pertinaz en sus quejas, y en sus recados, y hasta en sus cariños, por arpilleros que sean. Pero Soledad no contestó. Siguió con la mirada perdida en el puerto, en el devenir de sus grúas, en el curso de alguna gaviota ociosa o en alguna gabarra camino del desguace. No puede descubrir en ese momento con cual de las tres cosas se estaba identificando.
Continúe la ronda, bien pegada a Lola, y sin pestañear a cada paso que daba, tomando nota en mi mente de cada lección que aprender, y de cada consejo y de cada riña. Lo hacia en el pequeño trocito de mi mente que la imagen de Sole me había dejado.
A las dos era la hora de colgar la blanca, lo justo para tomar una ensalada en la cafetería y bajar a clase. Pero tenia que volver a la 26.
Llamé a su puerta, salude, me senté en el borde de su cama y aparte una bandeja de comida sin tocar, aun tapada, junto al embozo de la sabana.
La tarde fue avanzando, y tan solo hizo falta una caricia para abrir aquel muro de silencio. Hablamos despacio, desgranando a cada hora una historia de tantas, con nombre, apellido, rostro y recuerdos, pero más cotidiana de lo deseable. Sole vive en Treto, en un barrio cercano a Colindres. Su marido, Arsenio, trabaja en la Bosch, al tiempo que ambos llevan unas tierras y venden la leche, verduras, huevos y conejos, como tantas familias de las zonas rurales de Cantabria. Así, con mil horas a la espalda, han sacado a sus hijos adelante, les han dado carrera, y les tienen “bien colocados”, en Madrid y Barcelona. Tienen nietos, tres, y un pecho henchido de orgullo por haber cumplido su “misión en la vida”. La víspera del Pilar, Sole se notó un bulto en un pecho, y tomó, en ese instante, conciencia de que la muerte había llamado a la puerta. Desde entonces la han visto cinco ginecólogos. Dos analíticas, unas placas y una mamografía después, quien la sigue, que es difícil saberlo, la mandó al hospital. Ante las dudas, la salida era una biopsia, le dijo el último médico, uno de tantos ante los que se ha desnudado en cuerpo y alma, y en cuyas manos se ha entregado, en una lucha por la vida, aunque no la suya, “no me queda más remedio que luchar y vivir, que será de Senio si se queda solo, si no sabe ni donde se guardan los calcetines”. La ingresaron, la pincharon con una aguja, “de las de hacer punto”, en el pecho, “a cara de perro”, y con el pecho aun sanguinolento de la estocada la dijeron que tenia mala pinta.
Quince días después, que ya es esperar, la llevaron a quirófano, en la idea de abrir en profundidad, analizar y decidir. En la misma mesa el cirujano, otro distinto, decidió la mastectomía, y despacharla para la habitación. La mañana siguiente, con las vendas puestas, otro gine del equipo pasó por la habitación, en esas rondas en las que uno expone sus vergüenzas a una decena de aprendices, que siguen como polluelos a la clueca, ante el pavoneo, a veces, del admirado médico. Apoyado en la esquina del armario, como sin darle importancia, la dijo que la habían amputado un pecho, que en cuanto pudiera andar tenía que irse, para volver, cuando la tocara, para darse la quimio. Y todo dicho de un golpe. “Señora usted tenia un cáncer, no una caja de bombones”, fue la respuesta a sus sollozos.
Seguro que los trabajos de Josep Baselga en Vall de Hebrón salvan vidas, y que los avances de Massague también. Pero bajo esa medicina científica de alto nivel, tras esos avances macro médicos que tanto nos iluminan el rostro, hay vidas y personas, cuyo corazón late desbocado ante la incertidumbre de que será de sus vidas y de los que las acompañan. Nos inculcan en las facultades, a médicos y enfermeras, la necesidad de ser fuertes, de marcar distancias con el paciente, para no caer ante el embate de su enfermedad y sus dramas, nosotros también. Pero nadie nos recuerda que la humanidad la debemos llevar grabada a fuego, antes incluso de ponernos la bata.
No es un caso este, elevable a categoría, pero si el caso de Sole, y uno solo que quede debe ser erradicado. Terapias genéticas, fármacos a la carta, detectores tumorales. Todo eso son avances que deben despertar nuestro regocijo. Pero hay algo antes, que este día del cáncer debe colocar en primer plano. Cada afectado, cada enfermo, es un ser humano presa del miedo, un hombre y una mujer que precisa medicinas y rapidez en su cura. Y ayuda psicológica y medios para afrontar su nueva vida. Y antes que eso, una voz templada y cercana que le recuerde la verdad, “coge mi mano y te arrebatare de la parca, porque no estas solo, ni te dejaremos atrás”.
Mi tutora se llama Lola. Es ruda como un minero y osca como los acantilados de Langre. De mirada felina, raro es que algo se la escape. Conmigo es intensa. Se que busca forjarme, hacerme dura y crear un callo que me impida quedar quieta cuando una vida precise de mi rapidez. Se que quiere que aprenda y que lo haga bien, porque eso salva vidas, o las hace menos infernales. Pero es muy cabrona conmigo, y yo tengo muy mala leche, así que nos pasamos el día con el sable desenvainado. El martes discutíamos, por un no se que, en un quien sabe donde, cuando entramos en la 26. Una de las camas estaba vacía, y la otra también, y a su vera, en el butacón que la corresponde, sentada Soledad. Como es costumbre, Lola la preguntó como se encontraba, a gritos, en uno ejemplo más de esos tópicos que hacen de la vida hospitalaria un exceso. Mucho calor, voces muy altas, purés copiosos y litros de suero. Pero Soledad no contestó. Y mira que Lola es pertinaz en sus quejas, y en sus recados, y hasta en sus cariños, por arpilleros que sean. Pero Soledad no contestó. Siguió con la mirada perdida en el puerto, en el devenir de sus grúas, en el curso de alguna gaviota ociosa o en alguna gabarra camino del desguace. No puede descubrir en ese momento con cual de las tres cosas se estaba identificando.
Continúe la ronda, bien pegada a Lola, y sin pestañear a cada paso que daba, tomando nota en mi mente de cada lección que aprender, y de cada consejo y de cada riña. Lo hacia en el pequeño trocito de mi mente que la imagen de Sole me había dejado.
A las dos era la hora de colgar la blanca, lo justo para tomar una ensalada en la cafetería y bajar a clase. Pero tenia que volver a la 26.
Llamé a su puerta, salude, me senté en el borde de su cama y aparte una bandeja de comida sin tocar, aun tapada, junto al embozo de la sabana.
La tarde fue avanzando, y tan solo hizo falta una caricia para abrir aquel muro de silencio. Hablamos despacio, desgranando a cada hora una historia de tantas, con nombre, apellido, rostro y recuerdos, pero más cotidiana de lo deseable. Sole vive en Treto, en un barrio cercano a Colindres. Su marido, Arsenio, trabaja en la Bosch, al tiempo que ambos llevan unas tierras y venden la leche, verduras, huevos y conejos, como tantas familias de las zonas rurales de Cantabria. Así, con mil horas a la espalda, han sacado a sus hijos adelante, les han dado carrera, y les tienen “bien colocados”, en Madrid y Barcelona. Tienen nietos, tres, y un pecho henchido de orgullo por haber cumplido su “misión en la vida”. La víspera del Pilar, Sole se notó un bulto en un pecho, y tomó, en ese instante, conciencia de que la muerte había llamado a la puerta. Desde entonces la han visto cinco ginecólogos. Dos analíticas, unas placas y una mamografía después, quien la sigue, que es difícil saberlo, la mandó al hospital. Ante las dudas, la salida era una biopsia, le dijo el último médico, uno de tantos ante los que se ha desnudado en cuerpo y alma, y en cuyas manos se ha entregado, en una lucha por la vida, aunque no la suya, “no me queda más remedio que luchar y vivir, que será de Senio si se queda solo, si no sabe ni donde se guardan los calcetines”. La ingresaron, la pincharon con una aguja, “de las de hacer punto”, en el pecho, “a cara de perro”, y con el pecho aun sanguinolento de la estocada la dijeron que tenia mala pinta.
Quince días después, que ya es esperar, la llevaron a quirófano, en la idea de abrir en profundidad, analizar y decidir. En la misma mesa el cirujano, otro distinto, decidió la mastectomía, y despacharla para la habitación. La mañana siguiente, con las vendas puestas, otro gine del equipo pasó por la habitación, en esas rondas en las que uno expone sus vergüenzas a una decena de aprendices, que siguen como polluelos a la clueca, ante el pavoneo, a veces, del admirado médico. Apoyado en la esquina del armario, como sin darle importancia, la dijo que la habían amputado un pecho, que en cuanto pudiera andar tenía que irse, para volver, cuando la tocara, para darse la quimio. Y todo dicho de un golpe. “Señora usted tenia un cáncer, no una caja de bombones”, fue la respuesta a sus sollozos.
Seguro que los trabajos de Josep Baselga en Vall de Hebrón salvan vidas, y que los avances de Massague también. Pero bajo esa medicina científica de alto nivel, tras esos avances macro médicos que tanto nos iluminan el rostro, hay vidas y personas, cuyo corazón late desbocado ante la incertidumbre de que será de sus vidas y de los que las acompañan. Nos inculcan en las facultades, a médicos y enfermeras, la necesidad de ser fuertes, de marcar distancias con el paciente, para no caer ante el embate de su enfermedad y sus dramas, nosotros también. Pero nadie nos recuerda que la humanidad la debemos llevar grabada a fuego, antes incluso de ponernos la bata.
No es un caso este, elevable a categoría, pero si el caso de Sole, y uno solo que quede debe ser erradicado. Terapias genéticas, fármacos a la carta, detectores tumorales. Todo eso son avances que deben despertar nuestro regocijo. Pero hay algo antes, que este día del cáncer debe colocar en primer plano. Cada afectado, cada enfermo, es un ser humano presa del miedo, un hombre y una mujer que precisa medicinas y rapidez en su cura. Y ayuda psicológica y medios para afrontar su nueva vida. Y antes que eso, una voz templada y cercana que le recuerde la verdad, “coge mi mano y te arrebatare de la parca, porque no estas solo, ni te dejaremos atrás”.
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