
Mi abuela es una mujer dulce, a la que la soledad ha convertido en pura melancolía. Transita de su recuerdos a sus asuntos, de puntillas, sin hacer ruido, escondida en las sombras, esperando, ella dice que el pasar del tiempo, yo creo que a una muerte salvadora en la que ha depositado su esperanza de recobrar a mi abuelo, pero lejos de aquí, muy lejos. Su perenne sonrisa, su amabilidad y su cariño no esconden la resignación cotidiana de quienes, como ella, creen que ya han hecho cuanto debían en la vida, que son tan solo un estorbo, que son incapaces, pues seria de necios establecer planes, mirar al futuro. Los sábados son nuestros. La recojo a las diez, hacemos la compra, la acompaño a la peluquería, tomamos un mosto y una rabas donde Toñín puñalada, y nos vamos a casa a comer juntas. Me trata como una reina, eso si. Sospecho que es el único día de la semana, ese y el domingo, que acude a mi casa, en que come en condiciones, presa de un abandono producido por la soledad, “para mi sola, no me apetece cocinar”. Pone la mesa elegante, prepara sus mejores manjares, y entre plato y plato, entre labor y labor, platica conmigo, casi siempre con los ojos vueltos a la memoria. Es, como tantas abuelas, una mujer adorable, a la que la debo mucho, la vida en principio, y ser un peldaño más en la construcción colectiva de eso que hemos dado en llamar civilización. Pero es vulnerable, y eso es conocido por quienes han hecho del abuso un arte, o mejor aun, una vileza.
Como ella, muchas mujeres viudas, en el ocaso de sus vidas, unen a la enfermedad, la soledad, rentas bajas y mucha indefensión, como si la vida, a cierta edad, y recorrido el camino, nos despojará de toda arma de defensa, de toda picardía, de vigor. O, bien mirado, como si nos abriese de par en par, reclamando de la gente cariño y arrope, a veces incluso, un poco de piedad.
Mi abuela lleva unos días preocupada, y algo tiene que ver con todo eso. Hace una semana la llamaron de su compañía de teléfono. Aparentemente era una simple campaña de relaciones públicas. Que si ahora en vez de Telefónica se iba a llamar Moviestar, que si los clientes más antiguos estarían sujetos a una cuota promocional más barata y que si para celebrar el rebautizo la iban a mandar un regalo. Todo ello contado a la velocidad del rayo, con voz dulzona y empalagosamente extranjera en su acento. Dos palabras bien dichas y cuatro término inteligibles y el engaño ya estaba hecho. A los dos días la llamada se repitió, aparentemente para corroborar la dirección de envío del regalo, y una más tarde este llegó. Al siguiente sábado, mi abuela me mostró, a la hora de la comida, el presente de la compañía, con la intención de dármelo a mí, con el típico orgullo de abuela. Mi sorpresa fue comprobar que se trataba de un router inalámbrico y las instrucciones para la conexión adsl. Evidentemente las cosas no discurrían como mi abuela pensaba. Puesta en contacto con la compañía, la situación se aclaro en seguida. Entre palabras bonitas, rápidas y a media luz, habían dado de alta a la anciana en una línea adsl de Telefónica. Un servicio que mi abuela no quiere, que no era consciente que hubiera contratado, que no necesita y que la obligaba a pagar casi el triple de su gasto mensual. He tardado una mañana entera, y ponerme en contacto con tres departamentos distintos. Tres discursos, dos amenazas y veinte tacos después, Telefónica se ha caído del burro, ha dado de baja el servicio y me ha indicado los pasos para devolver el router, que debo enviar a un apartado postal de León. Otra mañana en correos y 14,50 euros de envío certificado del paquete, que debo asumir para no conseguir nada.
No es el primer anciano engañado, no es el primer abuso producido por estas compañías de servicios que impunemente actúan en el mercado, sin que nadie en la administración ponga cota. Tres meses antes, su vecina del piso superior, que vive de alquiler en el mismo edificio de Marqués de la Hermida había sufrido otro atraco, pero aun peor. Su casero, amparado en una ampulosa carta de un abogado sin escrúpulos de Santander, la comunicaba que en virtud de una ley malintencionadamente malinterpretada, el dueño se encontraba en el derecho de elevar la renta de la vivienda, y que en caso de no aceptar el nuevo arrendamiento, se le mantendría el antiguo, pero debería abandonar el piso en doce meses. Asustada con verse en la calle a sus 83 años, la mujer pago la nueva mensualidad, con lo que, de facto, aceptaba el nuevo contrato. La mujer había aceptado cambiar un contrato de renta antigua, de 56 € mensuales, por un nuevo arrendamiento de 210 mensuales. Cuando las vecinas, ante sus lamentos, descubrieron la maniobra era tarde. Los servicios sociales se lo han dejado claro, en menos de dos años se habrá comido sus ahorros, y sus 497 € de pensión de viudedad no la permitirán vivir en su casa de siempre.
Poco más hay que decir. Tenemos una deuda pendiente con nuestros ancianos, tras los cuales, además, asoma lo que nos depara el futuro a nosotros mismos. Hay un problema detrás de esto de cultura colectiva, de respeto social, de conciencia de grupo. Hay una deuda colectiva con estas personas. Y hay un problema de regulación de mercado y de defensa del consumidor que estamos obviando, bien en la elaboración de las leyes, bien en su cumplimiento. Pero hay un problema de protección a nuestros mayores, que no se agota en disponer de médicos y conceder pensiones (aunque algunas sean de miseria), sino que lleva a por muchos campos, siendo uno de los más importantes, la defensa de la dignidad de las personas.
Como ella, muchas mujeres viudas, en el ocaso de sus vidas, unen a la enfermedad, la soledad, rentas bajas y mucha indefensión, como si la vida, a cierta edad, y recorrido el camino, nos despojará de toda arma de defensa, de toda picardía, de vigor. O, bien mirado, como si nos abriese de par en par, reclamando de la gente cariño y arrope, a veces incluso, un poco de piedad.
Mi abuela lleva unos días preocupada, y algo tiene que ver con todo eso. Hace una semana la llamaron de su compañía de teléfono. Aparentemente era una simple campaña de relaciones públicas. Que si ahora en vez de Telefónica se iba a llamar Moviestar, que si los clientes más antiguos estarían sujetos a una cuota promocional más barata y que si para celebrar el rebautizo la iban a mandar un regalo. Todo ello contado a la velocidad del rayo, con voz dulzona y empalagosamente extranjera en su acento. Dos palabras bien dichas y cuatro término inteligibles y el engaño ya estaba hecho. A los dos días la llamada se repitió, aparentemente para corroborar la dirección de envío del regalo, y una más tarde este llegó. Al siguiente sábado, mi abuela me mostró, a la hora de la comida, el presente de la compañía, con la intención de dármelo a mí, con el típico orgullo de abuela. Mi sorpresa fue comprobar que se trataba de un router inalámbrico y las instrucciones para la conexión adsl. Evidentemente las cosas no discurrían como mi abuela pensaba. Puesta en contacto con la compañía, la situación se aclaro en seguida. Entre palabras bonitas, rápidas y a media luz, habían dado de alta a la anciana en una línea adsl de Telefónica. Un servicio que mi abuela no quiere, que no era consciente que hubiera contratado, que no necesita y que la obligaba a pagar casi el triple de su gasto mensual. He tardado una mañana entera, y ponerme en contacto con tres departamentos distintos. Tres discursos, dos amenazas y veinte tacos después, Telefónica se ha caído del burro, ha dado de baja el servicio y me ha indicado los pasos para devolver el router, que debo enviar a un apartado postal de León. Otra mañana en correos y 14,50 euros de envío certificado del paquete, que debo asumir para no conseguir nada.
No es el primer anciano engañado, no es el primer abuso producido por estas compañías de servicios que impunemente actúan en el mercado, sin que nadie en la administración ponga cota. Tres meses antes, su vecina del piso superior, que vive de alquiler en el mismo edificio de Marqués de la Hermida había sufrido otro atraco, pero aun peor. Su casero, amparado en una ampulosa carta de un abogado sin escrúpulos de Santander, la comunicaba que en virtud de una ley malintencionadamente malinterpretada, el dueño se encontraba en el derecho de elevar la renta de la vivienda, y que en caso de no aceptar el nuevo arrendamiento, se le mantendría el antiguo, pero debería abandonar el piso en doce meses. Asustada con verse en la calle a sus 83 años, la mujer pago la nueva mensualidad, con lo que, de facto, aceptaba el nuevo contrato. La mujer había aceptado cambiar un contrato de renta antigua, de 56 € mensuales, por un nuevo arrendamiento de 210 mensuales. Cuando las vecinas, ante sus lamentos, descubrieron la maniobra era tarde. Los servicios sociales se lo han dejado claro, en menos de dos años se habrá comido sus ahorros, y sus 497 € de pensión de viudedad no la permitirán vivir en su casa de siempre.
Poco más hay que decir. Tenemos una deuda pendiente con nuestros ancianos, tras los cuales, además, asoma lo que nos depara el futuro a nosotros mismos. Hay un problema detrás de esto de cultura colectiva, de respeto social, de conciencia de grupo. Hay una deuda colectiva con estas personas. Y hay un problema de regulación de mercado y de defensa del consumidor que estamos obviando, bien en la elaboración de las leyes, bien en su cumplimiento. Pero hay un problema de protección a nuestros mayores, que no se agota en disponer de médicos y conceder pensiones (aunque algunas sean de miseria), sino que lleva a por muchos campos, siendo uno de los más importantes, la defensa de la dignidad de las personas.
1 comentarios:
Felicidades por este estupendo artículo o post.
Movistar también ha endosado una línea Adsl a mis padres con engaños y falsedades aprovechando que son mayores (81 años)Mi madre también me regalaba el router. Le dijeron "si no lo quiere, regálelo".
Ahora estoy peleando con ellos para que dejen la línea como estaba. Es una estafa con todas las letras. Saludos
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