
La educación sigue siendo portada, y casi nunca para nada bueno. Esta semana, haciendo un hueco entre huelgas, recortes y fracasos, los medios han contado una iniciativa del IES Las Llamas de Santander. En pocas palabras, hacer del mar una tabla sobre la que educar.
Como, a veces estoy convencida, hay ocasiones en las que no tenemos nada mejor que hacer que joder al prójimo, la prensa, y los comentaristas anónimos de las web, han derrotado entre las anécdotas del cierra de telediario, la ácida crítica y la crónica del exotismo.
La verdad es que ya hay centros que ofertan actividades deportivas muy concretas, y no me refiero a extraescolares, sino a módulos trimestrales evaluables metidos en lo que se ha dado en llamar “el currículo”, que fundamentalmente se queda en las dos últimas sílabas. Son propuestas como aprender en clase de educación física badminton, béisbol (deporte autóctono, como todo el mundo sabe) o natación (cosa imprescindible, por otra parte).
Con todo y con eso, llama la atención que cause en algunos perplejidad poner encima de la mesa de evaluación al surf, máxime en una región como esta, donde desde los tiempos de Fiochi hemos hecho gala de ciudadanos de olas, y, desde mucho antes, de habitantes del mar.
Pero el problema no parece radicar en el hecho de introducir algo nuevo e inusual en la escuela (que ya estamos acostumbrados a ver las optativas más insospechadas), sino en otros aspectos de la cuestión, y que poco tienen que ver con la pedagogía, pero si mucho con la educación. Uno de ellos, el miedo.
La risa floja que le ha entrado a alguno con este tema, no va más allá del miedo a lo desconocido, y a la libertad de acción de algunos docentes, que en esta región hay muchos, y bastantes silenciados, pese a su esfuerzo continuo para hacer siempre algo nuevo que rete a su alumno, y vaya un paso en eso de crear, en este caso, personas. En un país preñado declaraciones diarias sobre innovación, progreso, calidad educativa y futuro, el miedo se hace carne cuando toca pasar de las declaraciones y los eslóganes a la innovación como praxis.
Me llamó la atención este verano, en un campamento urbano de Córdoba donde estuve de voluntaria, una frase en un muro, escrita por unos chavales, de esos fruto de familias desquiciadas. “Cambiamos todos los días”.Y eso ha entendido Juan Urtuai, el profesor de las Llamas al que se le ha ocurrido ofertar surf a alumnos de 3º de ESO.
Es difícil entender como en este mundo revolucionado, donde casi nada permanece un instante, son más aceptables unos apuntes enmohecidos de biología, amarilleados a golpe de calendario, que propuestas que pretenden educar a un joven en el mar, ese de toda la vida.
Claro que el miedo no conoce la soltería, casi siempre se casa con la señora prejuicio. Y el surf es un invitado preferente en esta boda.
Es complicado decirle a la gente que para subirse a una tabla, sentirse libre entre el chisporroteo de la sal, y moverse como un pájaro sobre la espuma, no es necesario tener un apellido compuesto, ni ejercer de rubio natural, ni tener un amarre en Puerto Chico, ni ser del Tenis. Que los del Barrio Pesquero también surfeamos, y los donostiarras de Gros, y los de las barriadas de Lastres.
Queda el ángel caído, el dinero. Hace tres años, te presentabas en la consejeria de cualquier comunidad con un proyecto medio redactado para ofrecer una asignatura de cría de geranios en maceta, y agotaban contigo el carrete de una cámara. Eran tiempos de no saber en que gastar el dinero, o de como camuflarlo, que nunca se sabe. Y el resultado esta ahí. Casi un tercio de las asignaturas de secundaria no sabe nadie para que sirven, ni como se imparten. Mantenemos, a costa del horario de áreas fundamentales, asignaturas optativas de una hora semanal, que, en ocasiones, han obligado a extrañas inversiones y “laboratorios” y que, a parte de rellenar horarios docentes, repiten contenidos de otras o simplemente permiten que, como sistema educativo, hagamos el ridículo, más a gusto.
El resultado no sería el mismo si. Como en este caso, el docente sopesa, reflexiona y planifica un área posible y con posibilidades reales de educar, de trascender el horario de aula y ejercer labor en otros tiempos de nuestra vida cotidiana, más allá de instruir un rato y preparar para superar un examen, que a eso estamos reduciendo el objetivo de los centros, superar el examen del PAU, superar PISA...
Pero lo normal no es eso. Normalmente, una mente lúcida de la administración (alguna de ellas), con la oreja previamente comida por alguno aun más lúcido, o por colectivo un colectivo visionario, ve la conveniencia de imponer cualquier variopinto tema que, en el fondo, cubre, es cierto, una necesidad social, la derivada de enseñar lo que el ámbito familiar ya hace años renunció a hacer. Aplaudir la inventiva, inculcar el respeto y los valores ciudadanos, arrancar de raíz la violencia, respetar las señales de tráfico o, simplemente, jugar.
Al final, un docente necesitado de completar jornada, que no cubre con la asignatura para la que esta formado, asume cualquier optativa, por chorras que sea, y entretiene a los niños, hasta que el inspector se aburra.
Ahora, sin embargo, no hay un euro, y todo lo que se salga de lo normal se recorta, o se ajusta (que asusta menos). Y nos hemos ido al otro extremo del péndulo. Ahora la innovación es un despilfarro (cuando corre que en este caso del surf, la mayoría del gasto le asume la federación cántabra). La educación, la parte más activa, innovadora y transgresora de nuestra sociedad, aquella que forja mujeres y hombres para el cambio continuo hacia la felicidad y la igualdad, ya no tiene dinero, ni espacio para ideas, que sus cuartos y estancias siguen llenos de folletos inútiles, ejemplares de revistas que nunca nadie leyó y cajas de aparatos a los que nadie sabe dar un uso pedagógico.
Yo aprendí mucho en mi instituto. Tuve profesores que me acompañaron en el camino que lleva a descubrir la vida. Y no siempre lo hicieron programación en mano, siguiendo las reglas, y haciendo lo normal, lo esperable, lo que la ley esperaba de ellos. Y por quererme así les doy las gracias.
Y, ya se sabe, en eso de enseñar, ¡Que sabrán los maestros!. Pues coger olas, las de la vida, que salpican más.
Como, a veces estoy convencida, hay ocasiones en las que no tenemos nada mejor que hacer que joder al prójimo, la prensa, y los comentaristas anónimos de las web, han derrotado entre las anécdotas del cierra de telediario, la ácida crítica y la crónica del exotismo.
La verdad es que ya hay centros que ofertan actividades deportivas muy concretas, y no me refiero a extraescolares, sino a módulos trimestrales evaluables metidos en lo que se ha dado en llamar “el currículo”, que fundamentalmente se queda en las dos últimas sílabas. Son propuestas como aprender en clase de educación física badminton, béisbol (deporte autóctono, como todo el mundo sabe) o natación (cosa imprescindible, por otra parte).
Con todo y con eso, llama la atención que cause en algunos perplejidad poner encima de la mesa de evaluación al surf, máxime en una región como esta, donde desde los tiempos de Fiochi hemos hecho gala de ciudadanos de olas, y, desde mucho antes, de habitantes del mar.
Pero el problema no parece radicar en el hecho de introducir algo nuevo e inusual en la escuela (que ya estamos acostumbrados a ver las optativas más insospechadas), sino en otros aspectos de la cuestión, y que poco tienen que ver con la pedagogía, pero si mucho con la educación. Uno de ellos, el miedo.
La risa floja que le ha entrado a alguno con este tema, no va más allá del miedo a lo desconocido, y a la libertad de acción de algunos docentes, que en esta región hay muchos, y bastantes silenciados, pese a su esfuerzo continuo para hacer siempre algo nuevo que rete a su alumno, y vaya un paso en eso de crear, en este caso, personas. En un país preñado declaraciones diarias sobre innovación, progreso, calidad educativa y futuro, el miedo se hace carne cuando toca pasar de las declaraciones y los eslóganes a la innovación como praxis.
Me llamó la atención este verano, en un campamento urbano de Córdoba donde estuve de voluntaria, una frase en un muro, escrita por unos chavales, de esos fruto de familias desquiciadas. “Cambiamos todos los días”.Y eso ha entendido Juan Urtuai, el profesor de las Llamas al que se le ha ocurrido ofertar surf a alumnos de 3º de ESO.
Es difícil entender como en este mundo revolucionado, donde casi nada permanece un instante, son más aceptables unos apuntes enmohecidos de biología, amarilleados a golpe de calendario, que propuestas que pretenden educar a un joven en el mar, ese de toda la vida.
Claro que el miedo no conoce la soltería, casi siempre se casa con la señora prejuicio. Y el surf es un invitado preferente en esta boda.
Es complicado decirle a la gente que para subirse a una tabla, sentirse libre entre el chisporroteo de la sal, y moverse como un pájaro sobre la espuma, no es necesario tener un apellido compuesto, ni ejercer de rubio natural, ni tener un amarre en Puerto Chico, ni ser del Tenis. Que los del Barrio Pesquero también surfeamos, y los donostiarras de Gros, y los de las barriadas de Lastres.
Queda el ángel caído, el dinero. Hace tres años, te presentabas en la consejeria de cualquier comunidad con un proyecto medio redactado para ofrecer una asignatura de cría de geranios en maceta, y agotaban contigo el carrete de una cámara. Eran tiempos de no saber en que gastar el dinero, o de como camuflarlo, que nunca se sabe. Y el resultado esta ahí. Casi un tercio de las asignaturas de secundaria no sabe nadie para que sirven, ni como se imparten. Mantenemos, a costa del horario de áreas fundamentales, asignaturas optativas de una hora semanal, que, en ocasiones, han obligado a extrañas inversiones y “laboratorios” y que, a parte de rellenar horarios docentes, repiten contenidos de otras o simplemente permiten que, como sistema educativo, hagamos el ridículo, más a gusto.
El resultado no sería el mismo si. Como en este caso, el docente sopesa, reflexiona y planifica un área posible y con posibilidades reales de educar, de trascender el horario de aula y ejercer labor en otros tiempos de nuestra vida cotidiana, más allá de instruir un rato y preparar para superar un examen, que a eso estamos reduciendo el objetivo de los centros, superar el examen del PAU, superar PISA...
Pero lo normal no es eso. Normalmente, una mente lúcida de la administración (alguna de ellas), con la oreja previamente comida por alguno aun más lúcido, o por colectivo un colectivo visionario, ve la conveniencia de imponer cualquier variopinto tema que, en el fondo, cubre, es cierto, una necesidad social, la derivada de enseñar lo que el ámbito familiar ya hace años renunció a hacer. Aplaudir la inventiva, inculcar el respeto y los valores ciudadanos, arrancar de raíz la violencia, respetar las señales de tráfico o, simplemente, jugar.
Al final, un docente necesitado de completar jornada, que no cubre con la asignatura para la que esta formado, asume cualquier optativa, por chorras que sea, y entretiene a los niños, hasta que el inspector se aburra.
Ahora, sin embargo, no hay un euro, y todo lo que se salga de lo normal se recorta, o se ajusta (que asusta menos). Y nos hemos ido al otro extremo del péndulo. Ahora la innovación es un despilfarro (cuando corre que en este caso del surf, la mayoría del gasto le asume la federación cántabra). La educación, la parte más activa, innovadora y transgresora de nuestra sociedad, aquella que forja mujeres y hombres para el cambio continuo hacia la felicidad y la igualdad, ya no tiene dinero, ni espacio para ideas, que sus cuartos y estancias siguen llenos de folletos inútiles, ejemplares de revistas que nunca nadie leyó y cajas de aparatos a los que nadie sabe dar un uso pedagógico.
Yo aprendí mucho en mi instituto. Tuve profesores que me acompañaron en el camino que lleva a descubrir la vida. Y no siempre lo hicieron programación en mano, siguiendo las reglas, y haciendo lo normal, lo esperable, lo que la ley esperaba de ellos. Y por quererme así les doy las gracias.
Y, ya se sabe, en eso de enseñar, ¡Que sabrán los maestros!. Pues coger olas, las de la vida, que salpican más.
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